Gestión emocional

Pautas para una adecuada gestión emocional

Vivimos en una sociedad obsesionada con la «felicidad permanente», lo que nos ha llevado a una especie de anestesia colectiva. Cuando nos preguntan cómo estamos, casi de forma automática respondemos con un frío «bien». Hemos aprendido a esconder lo que nos incomoda bajo la alfombra. 

Como psicóloga general sanitaria y coach, en mi práctica diaria en Madrid y en mis años de experiencia acompañando a personas, hay una metáfora que me gusta mucho para explicar cómo funcionan nuestras emociones, la metáfora del mensajero: Imagina que las emociones son como un paquete que viene a entregarte un mensajero. Si decides ignorarlo y no abrir la puerta porque el mensaje no te gusta, el mensajero no se va a ir; empezará a llamar más fuerte, a gritar o a tirar piedras a la ventana. Esas «piedras» son tus dolores de cabeza físicos, la rumiación constante, los tics o ese mal estar en el estómago.

Reprimir tus emociones no hace que se marchen, hace que se acumulen en tu cuerpo, y el día que no te queda más remedio que salir de casa, encuentras todos los paquetes que no has abierto esperándote, te caen todos de golpe. El día surge una emoción inevitable, algo que modifica tu piloto automático, de golpe te toca gestionar todas las emociones que has ido postergando juntas, y claro cómo es imposible, surgen los grandes quiebres emocionales, las grandes crisis. 

Muchas veces me dicen en consulta, pero si no ha ocurrido nada tan grave como para que yo de golpe esté así, y efectivamente no tuvo lugar un desencadenante, o no un desencadenante tan tremendo, es que es la acumulación de tantas y tantas emociones contenidas.

Tu plan de acción: Cuatro pautas para una adecuada gestión emocional.

  1. Pon nombre exacto a lo que sientes: No es lo mismo sentir frustración que impotencia, rechazo o culpa. En el momento en que etiquetas la emoción («esto que siento es vergüenza»), el mensajero se siente escuchado y la intensidad de la emoción empieza a regularse por sí sola. 
  2. Identifica tus reguladores: ¿Qué te ayuda a vaciar el vaso? Puede ser un regulador interno (aprender a hablarte con autocompasión) o externo (un paseo al aire libre, escuchar un podcast que te absorba o llamar a esa amiga que siempre está ahí para tí). Sabes lo que te altera, pero… ¿tienes claro qué te repara? 
  3. Comunícate desde la asertividad: Expresar tus límites no te hace una persona egoísta o destructiva. Cuando explicas cómo te sientes y qué necesitas de forma clara y sin juicios («Me siento desbordada porque necesito ayuda con esta tarea, ¿podrías encargarte tú de esta parte?»), es mucho más difícil que el otro se ponga a la defensiva. 
  4. Haz tu balance de contagio: Al final del día, reflexiona unos minutos: ¿Qué emociones has contagiado tú hoy a tu entorno y cuáles has permitido que te contagien a ti? 

No podemos cambiar lo que sucede, ni podemos controlar las reacciones de los demás, pero si podemos romper con las inercias y decidir cómo respondemos ante lo que nos pasa. Gestionar tus emociones adecuadamente no te hace más débil, al contrario es sinónimo de inteligencia emocional.

No estás obligado a transitar este camino a solas. Si sientes que tu vaso está a punto de desbordar y quieres aprender a relacionarte con tus emociones desde un lugar de no juicio y recursos prácticos, estoy aquí para acompañarte.